LOS PRIMEROS PASOS DE LA ARQUEOLOGÍA VISIGODA
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| El Obispo Tavira, mecenas de la excavación de la Basílica visigoda |
LA ORDEN DE SANTIAGO, PIONERA EN LA ARQUEOLOGÍA
Manuel Fernández Espinosa
Tal y como ha puesto de manifiesto el filósofo Ignacio Gómez de Liaño, en su libro "El reinado de las Luces. Carlos III entre el viejo y el nuevo mundo", a Carlos III le convendría incluso el título de "Rey Arqueólogo" todavía mejor que el de "Rey Alcalde", por el que es más conocido. Su cultura e interés por el pasado y las excavaciones arqueológicas que patrocinó en Pompeya, Herculano y en tantos otros sitios, fundaron la arqueología moderna, trabajando con método y esmero correspondiente a los avances y limitaciones de su época.
Entre las elites cultas de España existía un interés remoto, desde el humanismo renacentista, por la arqueología: muestra de ello son los llamados "anticuarios" que reúnen cuanto se descubre en los campos (lápidas fúnebres romanas, aras, estatuas...), lo que no deja de trascender incluso en la poesía; ahí tenemos "A las Ruinas de Itálica" de Rodrigo Caro (1573–1647); pero aquellos primeros escarceos arqueológicos carecían de un método científico y dependían mucho del azar de los hallazgos y de la literatura clásica como clave interpretativa. Sin embargo, a la venida de Carlos III, asistiríamos a un impulso sin precedentes en la recuperación arqueológica del pasado, sirviéndose ya de métodos más eficaces.
Los hombres más próximos al monarca o los pretendientes a estarlo no desconocían esa faceta de Carlos III y es por ello que, en el siglo XVIII, crecerá y se consolidará, entre los eruditos (muchos de ellos eclesiásticos), el estudio atento por materias como la numismática (medallas que le llamaban) y cualquier objeto arqueológico. En Andalucía, tendremos al P. Alejandro del Barco García que dedicará sus afanes a la historia de Estepa y Torredonjimeno (éste con Martos y Jamilena), pero para salir de los gabinetes de estudio hacía falta desplegar más recursos.
Por eso entendemos que una de las excavaciones de aquel siglo XVIII más ambiciosas, aunque poco estudiadas, sea la que impulsara D. Antonio Tavira Muñoz-Almazán que, con el tiempo, después de sus empresas arqueológicas, llegaría a ser Obispo de Canarias, Osma y Salamanca. Nació el Obispo Tavira en en la "Muy noble, leal y antigua villa de Iznatoraf, guarda y amparo del Adelantamiento de Cazorla" en 1737 y falleció en su sede salmantina el año 1807. Muy interesado desde su niñez por los más variados saberes, Tavira profesó en la Orden de Santiago, llegando a ser Prior del Convento santiaguista de Uclés. Ascendió pronto como hombre de letras y perfecto ilustrado, sirviendo al Rey Carlos III como capellán de honor y predicador. Durante sus años de estudiante salmantino, Tavira se aplicó al estudio de las lenguas griega, árabe, hebrea, siria y caldea, lo que hace de él un hombre de saber enciclopédico.
Mientras estuvo al frente del Priorato de Uclés (1788-1789) Tavira emprendió la ordenación del archivo de la Orden de Santiago, encomendándole la tarea al navarro Juan Antonio Fernández Pascual (1752-1814) que ya había mostrado sus dotes archivísticas a sus quince años de edad, cuando ordenó el archivo de la Compañía de Jesús en Tudela. El entonces Prior Tavira, Juan Antonio Fernández Pascual, Capistrano de Moya y Vicente Martínez Falero tuvieron que tener sus conversaciones, a la luz de lo descubierto en los archivos, y atando cabos, pensaron que las ruinas del cerro Cabeza del Griego, descubiertas en 1760, en el término de Saelices (Cuenca), eran el lugar idóneo en que excavar para descubrir lo que barruntaban sería una basílica visigoda correspondiente a la próxima Segóbriga, dado que figuraba en los antiguos registros la presencia de sus obispos en algunos concilios toledanos. Los acontecimientos le darían a este grupo de visionarios la razón en poco tiempo.
Una delegación, presidida por Tavira, salió de Uclés el 17 de octubre de 1789 para trasladarse al cerro Cabeza de Griego, formando en ella Juan Antonio Fernández y los demás mencionados arriba. Vicente Martínez Falero les mostró la lápida sepulcral del obispo Sefronio y, atendiendo a la envergadura de lo que podría desenterrarse para el conocimiento de la historia eclesiástica visigoda, Tavira financió la mitad de los gastos para excavar allí. Quedó a cargo de la excavación Juan Antonio Fernández que llevó con pulcritud un diario, mientras iban aflorando fragmentos del pasado. El 14 de diciembre de 1789 Tavira se trasladó nuevamente al yacimiento, para ver la marcha de las obras, y fue en su presencia cuando se hizo el descubrimiento de las tumbas de los obispos Sefronio y Nigrino. En 1790, Juan Antonio Fernández escribiría: "Las raras, y extrañas circunstancias que precedieron, y han ocurrido en el progreso de la excavación de que se da noticia en este breve discurso, apenas parece que las podía preparar la casualidad".
La arqueología visigoda empezaba con muy buen pie en la España del siglo XVIII: el pasado del esplendor visigodo que yacía largamente bajo tierra brotaba para devolvernos la identidad perdida.

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