LOS VISIGODOS IMAGINADOS DEL SIGLO XIX

Wamba renunciando a la corona, Juan Antonio de Rivera. Museo del Prado

LA ESPAÑA DE LOS GODOS EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ESPAÑOLA DEL SIGLO XIX


Manuel Fernández Espinosa


La España del siglo XIX padecerá profundas transformaciones como resultado de la lucha entre la revolución liberal y la contra-revolución. Las consecuencias de esa construcción de la España liberal será de considerable envergadura en lo social, en lo político y en lo económico. Sin embargo, en lo ideológico, la construcción del Estado liberal será un completo fracaso: lo prueba así la disidencia y sostenida hostilidad de una gran parte de la nación que, primero, toma partido por el carlismo, más tarde engrosa el movimiento obrero y, luego, tras el desastre del 98, una buena parte de las provincias periféricas serán tentadas por el nacionalismo separatista. Los instrumentos para implantar los ideales de la España liberal serán, a lo largo de la centuria, los que presta el arte. En ese sentido, cabe destacar el esfuerzo realizado por los pintores decimonónicos por encima de todas las bellas artes plásticas.

En palabras de D. Tomás Pérez Vejo: "El Estado español tiene éxito en el siglo XIX en la construcción de un relato de nación coherente y con una cierta belleza poética, había una narrativa razonable. El fracaso no es en ese siglo, sino que tiene que ver con el fracaso en la construcción de un modelo de enseñanza para difundir ese relato. El Estado construye la novela, pero no sabe difundirla, la escolarización universal es muy tardía. Y si hay que hablar de fracaso, hay que relacionarlo con lo que pasó después de la Guerra Civil. La asociación entre franquismo y España fue tan fuerte que eso deslegitimó el relato de nación española… Tuvo un efecto devastador. Hoy, los problemas de una generación de españoles con la bandera tienen que ver con que fue utilizada en la Guerra Civil por uno de los bandos. No podemos pedir que se sienta identificado con la bandera española alguien que combatió con los republicanos." (España tenía un relato de nación coherente y poético, entrevista en EL PAÍS, 30 octubre 2015) Pero a esas razones podríamos sumarles también la flojedad del romanticismo español (a diferencia de lo que el romanticismo fue para Alemania, Inglaterra o Francia), tampoco debiéramos obviar que el discurso historicista fue alimentado por una dinastía (y sus élites de poder) considerada ilegítima por no poca parte de España. 

En la "construcción" de ese relato, como bien ha estudiado el mismo doctor cántabro, tiene mucha importancia la pintura de temática histórica que se desplegó en el curso del XIX y la España visigoda sería uno de sus temas más recurrentes. Agustín Argüelles, uno de los redactores de la Constitución de 1812, había declarado que España había logrado su independencia con los visigodos. Aquella idea de Argüelles tiene un remoto pasado, pero ahora no vamos a remontarnos a los orígenes de ésta idea, lo que cumple es tener presente que esa opinión estaba lo bastante generalizada en los españoles de la época, con independencia de su pertenencia a uno de los sistemas ideológicos liberales (moderados o progresistas), pudiéndose decir que trascendía del área liberal, puesto que éste hecho también era reconocido en las filas de la intelectualidad tradicionalista (válganos mencionar a Navarro Villoslada con su novela "Amaya"). El caso es que tocó a aquellos pintores "imaginar" los hitos más significativos que se nos habían transmitido de la España del Reino de Toledo y, consecuentemente, correspondieron.

En efecto, la pintura histórica es uno de los campos en los que se desarrolla el espíritu romántico en toda Europa; pero incluso con antelación a la eclosión del arte romántico, en fecha tan temprana como 1819, Juan Antonio de Rivera y Fernández de Velasco (Madrid, 1779-1860) realiza su óleo sobre lienzo "Wamba renunciando a la corona" (163x219 cm.) No puede decirse que Juan Antonio de Rivera fuese un pintor romántico, más bien se formó con los neoclásicos, habiendo sido en París uno de los discípulos de Jacques-Louis David merced al premio que por su obra le asignó la Casa Real, financiándole una estancia de estudios en Francia.

A esta temprana recreación pictórica de un episodio de la historia hispano-goda se irá sumando una ingente retratística ficticia. En el año 1847 Isabel II encomienda a José de Madrazo, a la sazón director del Real Museo, ponerse manos a la obra para realizar una genealogía iconográfica de todos los Reyes de España: el proyecto pretendía afianzar la legitimidad del Trono isabelino, puesta en cuestión desde la primera hora por el carlismo. Para coronar éste proyecto se llamó a muchos artistas de la época, por mencionar a dos de los que participaron en la empresa artística, citemos al zaragozano Bernardino Montañés y Pérez (1825-1893) o al bilbaíno Juan de Barroeta y Anguisolea (1834-1906).

Por aquella época isabeliana, en el año 1858, se había descubierto accidentalmente el valioso Tesoro Visigodo de Guarrazar que sería vendido en el mercado negro en Francia. Y estaba en auge una controversia sobre el arte visigodo, en la que terciaban autoridades como el mismo Madrazo.

La Conversión de Recaredo al catolicismo y el III Concilio de Toledo, acontecimiento que funda la unidad de España en lo confesional, en lo político, en lo étnico y en lo territorial, conocerá varias plasmaciones. El valenciano José Martí y Monsó (1840-1912) pintará su "Concilio III de Toledo" en 1862 y, en 1888, el también valenciano Antonio Muñoz Degrain (1840-1924) plasmará "La conversión de Recaredo".

Sirva este aproche, nada exhaustivo, para dar una ligera idea de la cantera que supuso la época visigoda para los vuelos artísticos de los pintores del siglo XIX que, en su esfuerzo por dotar a España de un discurso pictórico nacional, se inspiraron en la España de los Godos.

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