LA CASULLA DE SAN ILDEFONSO DE TOLEDO
UNA PRENDA CELESTIAL, OBSEQUIO DE LA VIRGEN A SU PALADÍN VISIGODO
Manuel Fernández Espinosa
En entradas anteriores hemos comentado la inspiración que la época visigoda supuso para nuestra pintura romántica en lo concerniente a la elaboración de un discurso metapolítico en clave historicista y nacional. Pero si había que esperar al siglo XIX para que la temática política visigoda se plasmara en nuestra pintura, la temática religiosa visigoda tiene antecedentes más remotos y hasta más famosos. Es el caso de este cuadro de Velázquez: en el mismo vemos a San Ildefonso, Padre de la Iglesia y Arzobispo de Toledo, recibir la casulla celestial de manos de la Virgen María, en prenda de la denonada apología sobre la virginidad de María que el santo arzobispo visigodo desarrolló en su obra teológica.
El nombre de Ildefonso deriva del germánico "Hildifuns" (formándose con el "Hild" que significa "combate" y el "funs" que viene a ser estar pertrechado y dispuesto): Ildefonso significa, por tanto, "el que está aparejado para combatir. Y bien mostró su combatividad apologética este santo que, pertenenciendo a una linajuda familia visigoda, sintió la vocación religiosa abrazando la vida monástica incluso contra el sentir de su familia. Nació en Toledo el año 607 y subió al cielo en el año 667. Escribió, entre otras obras, el "De virginitate Sanctae Mariae contra tres infideles", tratado que inaugura la fecunda mariología hispánica.
Según refiere la leyenda, en la noche del 18 de diciembre del año 665, cuando San Ildefonso con su clero se disponía a cantar himnarios a la Virgen María, se encontraron con una luz deslumbradora que espantó a la clerecía, a excepción de San Ildefonso y dos de sus diáconos. La Virgen María estaba allí, sentada en la cátedra episcopal, acompañada de un séquito de vírgenes célicas. Haciéndole un gesto a Ildefonso, éste se acercó a Ella y escuchó que le decía: "Tú eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envia de su tesorería" y la Virgen le puso la casulla, instruyéndole sobre los días en que debería de investirse con esta prenda celestial para el culto mariano.
La leyenda no sería nada más que leyenda si no fuese por ciertos testimonios posteriores que declaran haberla visto. Tras muchas vicisitudes, se custodiaba en Oviedo hasta que desapareció. En el siglo XVII, el jesuita Sebastián Sarmiento le escribía a un hermano de la Compañía de Jesús, Francisco Portocarrero, esta misiva:
"Huélgome que V.R. me mande, aunque sea de tarde en tarde cosas de su
servicio, y más en honra de la Virgen Santísima, de cuya casulla diré
lo que me acuerdo.
Es verdad que yo estaba en Oviedo al tiempo que se abrió aquella Arca grande que está en medio de la Cámara Santa. La ocasión de abrirse fue la Consagración del Señor Obispo Don Pedro Junco de Posada, natural de Llanes, hijo de Juan de Posada y María Alfonso Díez de Noriega, que por ser junto de Oviedo quiso consagrarse de mano de su Obispo Don Pedro de Quiñones.
A la Consagración vino Don Juan Alonso de Moscoso, Obispo de León y el de Galípoli D.N. Quinteros que era a la sazón Abad de Santander.
Teniéndolos juntos un día Don Pedro de Quiñones dijo a los dichos Prelados que pues se hallaban cuatro, cosa que no sucedería quizás otra vez hasta el día del Juicio, que probasen con toda la reverencia posible, abrir ellos solos y el que tenía las llaves de la Cámara Santa, aquella Arca para saber el magnífico tesoro. Al fin los convenció a que si y, prevenidos con ayunos y oraciones, después de Consagrado el de Salamanca, con todo el secreto posible, se juntaron los obispos y Canónigos que tenía las llaves y después de haber abierto la primer arca que es grande, hallaron otra menor y otra y otras menores hasta que dieron con un cofrecito muy pequeño, como de un palmo muy largo el cual tenía un rótulo que decía: LA CASULLA QUE NUESTRA SEÑORA DIO A SAN ILDEFONSO. Mucho les espantó, por parecerles casi imposible que allí cupiese una casulla. Abrieron el cofrecillo con muy gran dificultad, tanto que casi estuvieron desahuciados de poderlo abrir y dentro hallaron un cendal de color de cielo en forma de un capuz portugués, tan grande que pudiera cubrir al hombre más alto que hay en España, sin textura ni costura como una tela de cebolla, tan delicado y sutil que con solo el aliento que respiraban se hinchaba como una vela cuando le da recio el viento. Y volviéndola a doblar como estaba, la recogieron en su cofrecito, juramentándose todos que no habían de decir nada a nadie, si no era habiendo salido veinte leguas de Oviedo, y así lo cumplieron.
El Abad de Santander en habiendo salido de las veinte leguas se volvió a dos Canónigos de Santander que le acompañaban y con espanto les dijo: ¿”Es posible que he podido guardar el secreto en el pecho, lo que he visto en Oviedo”?. Y se lo contó; también se lo refirió a los de mi Colegio de Santander muy a la larga. Y el Obispo de Salamanca Don Pedro Junco de Posada contó después lo mismo al Padre Ferrer. Esto es acerca de lo que vuestra reverencia me pregunta."
Refiere también la casulla (a veces la llaman "alba") nuestra poesía medieval: la Segunda Cantiga de Santa María de Alfonso X el Sabio (Muito devemos varões...), por ejemplo.

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